Cuando inicié la escuela, hubo algo que tuve claro desde el principio: los padres y las madres no eran un complemento del proyecto educativo, eran un pilar.
Recuerdo mis primeras charlas para familias. No exagero: eran en un salón pequeño, con cuatro adultos sentados frente a mí.
Y no ha cambiado mucho, guiño, guiño.
Con los años, esas charlas crecieron. Hoy las escuelas para padres tienen muchos vértices, muchas capas. El colegio ya no es solo un espacio educativo o formativo: es el lugar donde los adultos decidimos si asumimos —o no— nuestra responsabilidad política frente al mundo que heredarán las infancias (porque la política nos pertenece a todos, no solo a los peces gordos, guiño, guiño).
Buscamos abrir lugares de catarsis, de conciencia, de pensamiento, de respiro. A veces, incluso, de descanso para los adultos.
Recuerdo una de esas charlas. Yo hablaba —con cierta ironía, lo confieso— de la casi inexistente política pública en torno a los derechos de la infancia.
Estaba enojada.
Hoy, después de casi tres años de psicoanálisis, no hablo desde el enojo, sino desde algo más difícil: la calma que no se resigna.
Fantaseaba con que entre el público hubiera alguien del ámbito político, alguien a quien incomodar. No sé si fue el caso, pero sí sé que las familias salieron conmovidas. Muchas no sabían que existía una Convención, que en Ginebra, por primera vez, se habían pactado derechos específicos para niñas y niños. Derechos, no favores.
Meses después retomé el tema con estudiantes de secundaria. Pensé —y sigo pensando—que ellos también tienen derecho a saber qué pueden esperar de las políticas públicas, de los espacios educativos, de los parques, de los jardines, de su entorno.
Cuando digo que fundé y lidero una escuela, aparecen nombres que se quedan en la entrada: emprendedora, pedagoga, empresaria.
Yo prefiero ir al fondo de la casa.
No la activista como consigna, sino la adulta que asume.
Insertar el enfoque de derechos de la infancia en México no es un gesto neutro. Es, muchas veces, navegar contra corriente. La Comunidad Educativa Zauberland lleva veinte años intentando abrir brecha. No ha sido sencillo, pero la vida me ha enseñado algo con insistencia: los procesos que valen la pena, cuestan.
No podemos hablar de educación sin hablar antes de derechos de la infancia. Nuestro primer quehacer como adultos es ser garantes de derechos: no concederlos, sino responder por ellos. Sobre todo en un país latinoamericano donde la violencia y el maltrato se han naturalizado con una elegancia peligrosa.
Pienso, por ejemplo, en ciertos actos que se nombran como políticos, donde se reparten juguetes a las infancias, se toman fotos, se sonríe. No lo digo para señalar a nadie. Lo digo para preguntarnos algo más incómodo: ¿qué se responde ahí como adultos?
Un juguete puede aliviar un momento, pero no transforma las condiciones que hicieron necesaria la dádiva. Cuando la infancia se convierte en destinataria de regalos y no en titular de derechos, volvemos —sin decirlo— a colocarla en el lugar de la caridad.
Y la caridad, aunque se disfrace de gesto político, no sustituye la responsabilidad adulta.
Pienso también en ciertas películas populares —una de ellas me la recomendó alguien que quiero— donde la violencia se vuelve chiste, donde aparece un héroe carismático que “arregla” el conflicto, pero el sistema que lo produce permanece intacto. Como diría Umberto Eco, son relatos que tranquilizan: nos permiten identificar al bueno, celebrar su triunfo y volver a casa sin tocar la estructura violenta que hizo necesaria la historia.
Hace no tanto tiempo —y no tan lejos— las infancias eran pensadas como propiedad de las familias. “Adultitos”, seres que debían adaptarse a las necesidades del mundo adulto. Fue hasta 1989 que la Convención sobre los Derechos del Niño marcó un quiebre: las niñas y los niños no son objeto de caridad, no pertenecen a nadie, no son adultos en espera. Son seres humanos con derechos propios, capaces —de manera progresiva— de participar en las decisiones que los afectan.
Mirar con enfoque de derechos de la infancia no es una consigna; es un ejercicio cotidiano. Nos involucra a todos los adultos, no solo a madres y padres: al personal de un consultorio médico que decide si le habla al niño o habla sobre él; al funcionario que diseña una sala de espera y elige si habrá una silla a su altura o solo silencio y filas interminables; al docente que puede promover la autonomía o repetir la obediencia como valor incuestionable.
También al conductor que toca el claxon frente a una escuela, al arquitecto que diseña una ciudad sin parques, al adulto que presencia una escena de violencia y decide si intervenir o normalizarla. Y, por supuesto, a quien vota, legisla, administra recursos o —sin ocupar ningún cargo— sostiene o cuestiona las violencias que ya aprendimos a no ver.
Hoy el paradigma es otro —al menos en el papel—: el Estado tiene la obligación de garantizar derechos, de intervenir cuando es necesario, de reconocer a las infancias como sujetos prioritarios. Pero esto no puede quedar solo en manos del Estado. Porque incluso con recursos y protocolos, una mirada adulta mal equipada puede reducir a un niño a una conjetura rápida, a una etiqueta, a una lectura sin tiempo.
Lo he visto de cerca: adultos que, frente a un gesto o una conducta, creen haber entendido todo sin detenerse a mirar la complejidad que ahí se juega. Por eso la pregunta no es solo qué hace el Estado, sino cómo nos equipamos los adultos y las adultas para mirar,
escuchar y responder sin violentar en nombre del cuidado. Delegar sin criterio también es una forma de abandono.

Les invito a observar cinco lugares cotidianos en México: consultorios, hospitales, parques, iglesias, museos. En la mayoría de ellos no hay casi nada pensado para las infancias: no hay sillas a su altura, ni espacios para esperar sin angustia, ni palabras dirigidas a ellos, ni tiempos que los consideren. Son lugares diseñados desde la prisa adulta, donde la infancia estorba, se silencia o se tolera apenas.

Pienso, por ejemplo, en una iglesia. A las infancias se les pide quietud, silencio, inmovilidad, algo que incluso desde lo neurológico es difícil de sostener durante mucho tiempo, a menos —claro— de que haya un adulto capaz de narrar, de moverse, de contar historias que encarnen, de hacer del cuerpo un aliado y no un enemigo.
Pienso también en los consultorios médicos. ¿Qué pasaría si, en lugar de hablar sobre los niños, nos sentáramos en el suelo con ellos? Un tapete, un tiempo distinto, una palabra dirigida. Algo más pedagógico, menos apurado, que no confunda autoridad con distancia.
Y las escuelas… ahí hay mucho de qué hablar. Incluida la mía, ja, ja. Porque ningún espacio educativo está exento de reproducir las mismas lógicas que critica, y asumir eso — aunque incomode— también es parte de la responsabilidad adulta.
Desde mi lugar, mi decisión es firme: insertar los derechos de la infancia en lo cotidiano, crear espacios donde las niñas y los niños puedan tener voz y, sobre todo, adultos que puedan escucharlos.
No siempre. No perfectamente. No sin cansancio.
Escuchar también implica saber cuándo una necesita detenerse, recuperar el propio deseo, darse espacio sin culpa. No es una tarea fácil, y está bien que no salga a la primera. Tal vez la pregunta no sea ¿estoy escuchando lo suficiente?, sino ¿qué me orienta cuando ya no puedo escuchar más?
Cuando hablo de deseo no hablo de algo grandioso ni heroico. Hablo de cosas pequeñas, cotidianas: del adulto que se toma diez minutos a solas para no gritar después; de quien pide ayuda antes de endurecerse; de quien dice “hoy no puedo” en lugar de aguantar hasta romperse; de retirarse a tiempo para no volverse violento.
En una cultura donde el sacrificio ha sido virtud, estas decisiones parecen egoístas. Pero un adulto sin deseo no cuida mejor: se endurece.
El deseo no es exceso. Es criterio. Es la capacidad de detenerse antes de pedir obediencia, de cuidarse para no dañar, de no desaparecerse para poder estar.
Tal vez escuchar tampoco sea suficiente si no nos volvemos accesibles.
Accesibles no como adultos que ceden todo, sino como adultos que se dejan habitar. A veces eso es tan simple como decir: “estoy cansada”, “no entendí”, “dame un minuto”, “me equivoqué”.
Conclusiones
La accesibilidad no elimina el límite. Lo vuelve humano.
Y un adulto que cuida su deseo no se vuelve egoísta: se vuelve más legible, más cercano, más posible de escuchar.
Dejar de pedir obediencia a ciegas.
Porque eso —ya lo sabemos— ha sido profundamente peligroso.
Les invito a reorganizar prioridades, a ponernos al servicio de las infancias. Y, por cierto: ¿conoces sus derechos?

Deja un comentario