Toda crisis profunda es, antes que nada, una crisis del lenguaje. No porque falten palabras, sino porque las que usamos han perdido peso, espesor y memoria. Cuando el lenguaje se degrada, no solo se empobrece la comunicación: se debilita la relación con el mundo y con los otros. La palabra deja de nombrar y comienza a administrar, a ocultar, a violentar.
La palabra es una llave. Puede abrir hacia la calidez, el amor, el cuidado, la construcción de lo humano. Pero también puede abrir hacia la perversión, el desprecio, la destrucción. No hay neutralidad posible: cada uso del lenguaje implica una toma de posición ética.
Por eso las tradiciones filosóficas y sapienciales han insistido en el cuidado de la palabra. Platón advertía en el Fedro que la incorrección del lenguaje no es solo una falta formal, sino una herida al alma. El Libro de los Proverbios, desde la tradición hebrea, afirma que la vida y la muerte están en poder de la lengua. La palabra precede al acto.
El nombre original de Cuernavaca no es “Cuernavaca”. Proviene de una palabra indígena pronunciada con aspiración en la letra a, un sonido que los españoles no supieron —o no pudieron— oír. Al deformarlo, fijaron un nuevo nombre. Así quedó Cuernavaca. El tiempo modifica las palabras, las desgasta, las traduce mal, las simplifica.
Sin embargo, la palabra original poseía un sentido etimológico preciso: junto a los árboles. No era una designación neutra; nombraba una forma de habitar el mundo. Cuando ese sentido se pierde, el nombre se vuelve apenas una referencia geográfica. Hoy decimos Cuernavaca y pensamos en bares, cafeterías, tránsito. Ya no en los árboles. La palabra ha sido vaciada de mundo.
Por eso la etimología importa. Por eso se aprenden lenguas. Por eso las bases del pensamiento filosófico se sostienen en el griego y el latín: porque allí las palabras todavía cargan experiencia, cuerpo y memoria. La palabra, antes de ser signo, era relación con lo real.
Javier Sicilia cuenta que, cuando se fue a Francia a estudiar filosofía francesa, llegó como llegan muchos latinoamericanos: tarde, desorientado y refugiándose en la lengua conocida. Como buen mexicano —dice él— se juntaba con hispanohablantes. Pero pronto comprendió que eso no le ayudaba ni en las clases ni en la vida universitaria. Habitar otra lengua exigía exponerse.
Un día, mientras caminaba por una avenida que le recordaba vagamente a los Campos Elíseos de esa petite ciudad universitaria, se encontró con unas compañeras de la universidad en una cafetería. Ellas estudiaban español; él, francés. Estaban revisando tareas, intercambiando apuntes. Se ofrecieron mutuamente ayuda: ellas le enseñarían francés; él, español. Así comenzaron a reunirse todos los días a estudiar juntos.
Tiempo después, un compañero paraguayo se le acercó y le preguntó con naturalidad:
Sicilia se sintió profundamente incómodo.
—No les digas así —le respondió—. No te lo permito.
El compañero, desconcertado, repitió la pregunta. Sicilia insistió, ya alterado, y se fue.
—¿Y tus pendejas?
Aún molesto, se dirigió a la biblioteca. Buscó un diccionario y revisó el significado de la palabra pendejo. Para su sorpresa, descubrió que su sentido original era primer vello púbico y que, en muchos países del Cono Sur, la palabra nombra simplemente a un muchacho o una muchacha. No era un insulto.
Entonces comprendió algo decisivo: no era el otro quien había ofendido, sino él quien había llevado la palabra hasta la perversión. En México, pendejo se ha desplazado hasta significar imbecilidad, desprecio, degradación. La palabra había sido arrancada de su sentido original y convertida en arma. Sicilia volvió con su compañero y se disculpó.
Así entendió que cuando una palabra pierde su significado, no solo se deforma el lenguaje: se deforma la relación entre los seres humanos.
Resulta entonces profundamente irónico —y perturbador— que en nuestro inconsciente colectivo mexicano lo menor, lo joven, lo que aún no ha crecido, se asocie con la imbecilidad. Que una palabra que nombra la juventud haya sido degradada hasta significar estupidez dice algo inquietante de nuestra relación con la infancia. Más aún cuando somos una sociedad que dice trabajar por y para las infancias. Tal vez no lo sabemos, pero lo decimos: en la lengua, el menor es el menos.
Este texto busca también llevar eso a la luz. Exponerlo no para acusar, sino para transformar. Porque nombrar de otro modo es ya un gesto de cuidado. Ser menos no debería significar ser despreciable, sino merecedor de protección, respeto y acompañamiento. Recuperar el sentido de las palabras es, también, recuperar una ética del trato hacia quienes están creciendo.

Por eso los filósofos se encaran con las palabras. No hay otro camino. La degradación de la lengua no es un fenómeno menor; es profundamente grave.
Cuando se afirma que la palabra precede al acto, no se trata de una abstracción moral. La historia lo confirma. En el nazismo, los judíos fueron primero degradados en el lenguaje: nombrados como piojos, como plaga, como amenaza. Solo después vino el acto: raparlos, uniformarlos con rayas, borrar sus nombres, o incluso desnudarlos hasta reducirlos a carne anónima. El cuerpo fue intervenido porque antes el lenguaje ya había hecho su trabajo.
Eso mismo ocurre hoy en muchos discursos políticos. Cuando se habla de mexicanos, migrantes, narcotraficantes como categorías homogéneas, cuando una palabra se vuelve señal de peligro —ojo, alerta, riesgo—, se repite la misma operación: primero se borra el rostro en el lenguaje, luego se legitima la violencia. La historia enseña que ningún acto de destrucción comienza sin antes haber sido ensayado en palabras.
Y ese mismo mecanismo opera hoy sobre las infancias y adolescencias. Cuando se les nombra como problema, dolor de cabeza, riesgo, alerta, caso difícil, la palabra vuelve a preceder al acto. Antes de cualquier exclusión, medicalización excesiva o castigo, ya ocurrió una degradación lingüística. El niño o el adolescente deja de ser sujeto y se convierte en obstáculo, en carga, en amenaza a gestionar.
Nombrar así no es inocente. Produce efectos. Cuando el lenguaje reduce a las infancias a una molestia o a un peligro potencial, se legitiman prácticas de control, de vigilancia, de expulsión simbólica. Nuevamente, primero se
borra el rostro en la palabra; luego se interviene el cuerpo, la conducta, el deseo. La historia cambia de escenario, pero no de lógica.
Y tal vez por eso aquello que más nos incomoda —lo frágil, lo inacabado, lo que desborda— es lo primero que el lenguaje intenta expulsar. Lo que no sabemos cómo alojar simbólicamente se vuelve amenaza. Nombrarlo como molestia, como riesgo o como exceso es una forma de mantenerlo a distancia. Pero en ese gesto, lo humano se empobrece: lo que no se nombra con cuidado termina siendo arrojado fuera del campo de lo digno.
Nuestra labor con el lenguaje es, en el fondo, una labor ética: construir seres humanos. Pero también podemos usar la palabra sin cuidado, sin responsabilidad, sin sentir su peso.
Y no me coloco fuera de esta escena. Yo también, tristemente, he degradado el lenguaje. He usado palabras sin medir su peso, he repetido expresiones que borran, que hieren, que reducen. No por maldad, sino por inconsciencia, por costumbre, por haber heredado una lengua ya dañada. Nombrar esto es parte del trabajo. Hoy, al menos, lo vuelvo consciente. Y volverlo consciente es ya un primer gesto de responsabilidad.
Aquí resulta indispensable la advertencia de Noam Chomsky: el lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino la estructura que hace posible el pensamiento. No pensamos primero y luego hablamos; pensamos en el lenguaje. Cuando este se empobrece, se vuelve mecánico o se pone al servicio de la propaganda, no solo se distorsiona la realidad: se reduce la capacidad misma de pensarla críticamente.
Para Chomsky, el poder no necesita silenciar ni prohibir palabras. Le basta con administrarlas, repetirlas hasta vaciarlas de sentido, saturarlas de ruido o reducirlas a consignas. Un lenguaje degradado no produce sujetos críticos, sino hablantes obedientes. Se sigue hablando, pero ya no se piensa.

En ese sentido, la manipulación del lenguaje no es un efecto secundario del poder, sino su condición previa. Antes de la violencia, antes de la exclusión, antes de la destrucción, ocurre siempre una operación lingüística: se empobrece el campo de lo decible, se estrecha el pensamiento, se normaliza la mentira.
Viktor Klemperer dejó testimonio minucioso de este proceso. Filólogo judío alemán, fue expulsado de la universidad, despojado de sus cargos públicos y reducido oficialmente a la categoría de “judío”. No fue enviado a los campos de concentración —en parte por su matrimonio con una mujer considerada aria—, pero fue progresivamente excluido de la vida social,
intelectual y civil. Privado de su lugar como académico, comenzó a registrar en una pequeña libreta, día tras día, cómo el alemán —una lengua de enorme riqueza— se iba degradando, empobreciendo y endureciendo al ponerse al servicio de la ideología nazi. Su forma de resistencia fue la escucha atenta: observar cómo las palabras cambiaban de sentido, cómo el lenguaje preparaba la violencia. Después de la guerra, esos apuntes dieron lugar a LTI. La lengua del Tercer Reich, un libro que muestra cómo un idioma entero puede convertirse en instrumento de destrucción antes de que la destrucción se vuelva visible en los cuerpos.
Algo similar ocurrió en Italia durante los Años de Plomo. Una celadora de prisión, Stefanini, fue secuestrada y ejecutada por las Brigadas Rojas. Había crecido en un orfanato y su trabajo consistía en llevar libros y revistas a los presos. Nunca ejerció violencia. “Soy proletaria como ustedes”, dijo. No importó. El lenguaje ideológico ya le había borrado el rostro.
El lenguaje puede condenar antes de matar.
Por eso es urgente recuperar la palabra para recuperarnos. Nos están empujando a la negación de lo humano a través de la degradación lingüística.
Defender el lenguaje es defender lo humano.
Porque la palabra, como toda llave, siempre abre una puerta. La cuestión es hacia dónde.
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