Una forma de habitar el mundo
Las páginas que siguen nacen de una conferencia de Luciano Lutereau sobre la filosofía del juego. No son una transcripción literal, sino una reconstrucción personal realizada a partir de mis apuntes y recuerdos de la charla. He procurado conservar el movimiento de las ideas, los ejemplos y las referencias que el autor desarrolló durante la exposición. Las asociaciones personales y recuerdos autobiográficos que aparecen intercalados son míos; las ideas filosóficas centrales pertenecen a Lutereau y a los autores con los que dialoga.
Vamos a irnos a la arqueología del juego. Vamos a ponernos a hablar de la filosofía del juego.
Hace algún tiempo escuché a Luciano Lutereau contar la historia de un hombre que utilizaba recurrentemente la palabra estancado. Él se percibía estancado. No es raro escucharla hoy en día. La palabra me hizo pensar en un estanque, en el agua cuando deja de fluir.
Se podía notar en la voz de este hombre cierta displicencia. Su vida giraba en torno al trabajo. Sabía cuáles eran sus funciones y cumplía con ellas. Habitaba con eficacia la dimensión de la obligación. Había cosas que le gustaban, intereses propios, pero pocas veces podía dedicarse a ellos. Permanecer en el terreno de lo obligatorio lo mantenía a salvo de la exigencia que implica hacer algo que verdaderamente importa.
Prefería trabajar para otro. Eso le permitía cierto desapego respecto de lo que hacía. Le evitaba objetivarse.
Como sujetos nos objetivamos constantemente; es decir, trasladamos algo de nuestra subjetividad hacia un objeto. Pensemos en alguien que, en lugar de comprar la decoración de una fiesta, decide hacerla con sus propias manos. O en quien prepara un pastel en vez de encargarlo. Sabemos que hay algo del sujeto allí. Algo de su deseo ha tomado forma.
En el caso de esta persona parecía ocurrir lo contrario. Se alienaba de lo propio y prefería ser el brazo de otro antes que lidiar con la exigencia de sus propios deseos. No podía jugar con su propia objetivación. Cada vez que algo suyo tomaba forma, aparecía también una exigencia excesiva. Por eso prefería hacerlo a solas, lejos de la mirada de los demás.
Quizá jugar tenga algo que ver con esto.
Poder poner algo de uno en la realidad es parte del juego. El juego es una forma de habitar el mundo. No significa separarse de la realidad ni escapar de ella. Por el contrario, es una manera de participar en su construcción.
Mientras escuchaba estas ideas, no pude evitar pensar en mi propia infancia. Yo jugaba incansablemente.

Recuerdo pasar horas en mi casa imaginando que estaba en una jungla. Exploraba territorios desconocidos, atravesaba selvas, descubría caminos secretos y me internaba en aventuras que sólo existían para mí. Si lo pienso ahora, quizá no he dejado de jugar a eso. Tal vez por eso me gustan tanto los viajes. Todavía hay algo en mí que busca lo desconocido, que desea explorar otros paisajes y perderse un poco para encontrar algo nuevo.
También recuerdo la oficina de mi padre.
La llamo oficina, aunque en realidad era un estudio situado sobre su habitación. A mis ojos de niña parecía enorme. Era el lugar donde hacía cuentas, organizaba estrategias, preparaba casos y resolvía asuntos importantes. Allí ocurrían las cosas serias del mundo adulto.
Yo subía y jugaba.
Contestaba llamadas imaginarias, escribía en hojas que no significaban nada, organizaba papeles, atendía personas invisibles. Construía un mundo entero con aquello que tenía delante.
Hoy me hace gracia pensarlo.
Porque, de alguna manera, sigo jugando a lo mismo.
Las llamadas son reales. Las responsabilidades también. Los papeles importan y las decisiones tienen consecuencias. Sin embargo, debajo de todo eso reconozco la misma escena. La niña que jugaba a explorar sigue viajando. La niña que jugaba a trabajar sigue organizando proyectos, acompañando personas y construyendo espacios para otros.
Quizá el juego no desaparece cuando crecemos. Quizá cambia de forma.
Quizá muchas de nuestras vocaciones son juegos infantiles que encontraron una manera adulta de seguir existiendo.
Y tal vez por eso el juego sea mucho más que una actividad propia de la infancia. Tal vez sea una de las formas más profundas de ensayar quiénes podemos llegar a ser.
Quizá por eso me resultó tan sugerente la segunda referencia que apareció en la conferencia: Walter Benjamin y su ensayo Juguetes y juego.
Allí aparece una idea provocadora:
“El juego, y ninguna otra cosa, es la partera de todo hábito.” Y añade:
“El hábito entra en la vida como juego.”
Comer, vestirse, lavarse, ordenar. Muchas de las conductas que después consideramos hábitos comenzaron siendo juegos.
Hoy solemos establecer con los niños una relación profundamente cognitiva. Les explicamos por qué es importante lavarse los dientes, ordenar su habitación o recoger sus cosas, como si la comprensión racional fuera el verdadero motor de la conducta. Benjamin parece sugerir algo distinto: el alma de los hábitos no está primero en la explicación, sino en el juego.
Los versos, las canciones, las rimas, las repeticiones y los rituales compartidos acompañan el nacimiento de los hábitos mucho antes de que aparezca una explicación sofisticada sobre su utilidad.
En este punto también resuena Aristóteles. Los niños aprenden por imitación. Pero imitar no significa copiar mecánicamente. Significa absorber una atmósfera, participar de una práctica, entrar en un ritmo compartido. El juego aparece entonces como un puente entre el cuerpo, el hábito y la cultura.
El juguete contiene una experiencia sedimentada. Lavarse, dormir, comer, vestirse: buena parte del núcleo de nuestra vitalidad se aprende jugando. Benjamin insiste en ello y, al hacerlo, nos recuerda algo que Aristóteles ya había advertido: aprendemos por imitación.
Jugando aprendemos.
A veces encontramos niños que presentan dificultades en la escuela. Los padres insisten en lo académico, las maestras de apoyo multiplican estrategias, pero el problema parece persistir. Recuerdo el caso de una niña con dificultades de aprendizaje que un día pidió a su madre asistir a catequesis, aunque la familia no era religiosa.
La madre se sorprendió. La explicación parecía sencilla: su prima iba y ella quería acompañarla. Pero quizá había algo más. Tal vez aquella niña estaba ávida de escuchar historias distintas, de entrar en otros mundos simbólicos, de alimentar su imaginación a través de relatos que ampliaban su experiencia. Lo que la atraía no era necesariamente la doctrina, sino la posibilidad de jugar con otras narraciones.
Esto nos lleva a una pregunta sugerente. Cuando un niño tiene dificultades para incorporar algún hábito, por ejemplo dormir, ¿no convendría preguntarnos qué juego faltó? ¿Qué experiencia lúdica no acompañó la construcción de ese hábito?
La literatura infantil ofrece un ejemplo interesante. En ocasiones deja de ser verdaderamente lúdica y se vuelve excesivamente explicativa. Algunos libros parecen escritos más para calmar la angustia de los padres que para alimentar la imaginación de los niños. Explican, instruyen, moralizan. Sin embargo, ya no reproducen una experiencia infantil ni invitan al juego.
En ese sentido, dejan de ser libros para niños, aunque estén dirigidos a ellos.
No deberíamos olvidar que los niños necesitan jugar, imaginar y habitar mundos posibles.
Benjamin continúa esta reflexión en su ensayo sobre el juego imitativo, escrito en 1933. Allí sostiene que el juego posee un fundamento mimético. Pero la mímesis no consiste únicamente en reproducir semejanzas materiales. Las semejanzas más fecundas suelen ser inmateriales.
Algo parecido ocurre con las metáforas. Una buena metáfora no surge porque dos cosas sean idénticas, sino porque descubre una relación inesperada entre ellas. Si alguien dice que unos ojos son parecidos a otros ojos, apenas hay juego. Pero si dice que son dos estrellas, aparece una nueva realidad.
La metáfora crea algo que antes no existía.
El juego funciona de manera semejante. Jugar a volar, a ser invisible o a convertirse en animal son experiencias que ponen en marcha esa capacidad metafórica. Más tarde muchos juegos se domestican y se acercan a la realidad cotidiana: juguemos a limpiar la casa, a cocinar o a cuidar un bebé. Pero en su origen encontramos una semejanza inmaterial, un “hacer como si”.
Por eso el juego suele comenzar con una suspensión de la literalidad. Un niño al que saludamos puede responder:
—No soy un niño, soy un perro. No está confundido. Está jugando.
El juego está precedido por esa cláusula tácita del “hagamos de cuenta que”. Tú eras esto y yo aquello. No se trata de negar la realidad para huir de ella, sino de suspender momentáneamente su literalidad para abrir otra posibilidad.
Lo ficcional del juego no es una no realidad. Es la condición de posibilidad de una realidad nueva.
Muchas teorías filosóficas de la ficción avanzan en esta dirección. Paul Ricoeur, por ejemplo, sostiene que la ficción no se opone a lo real. Por el contrario, participa en su creación. La ficción no es una realidad debilitada ni un simple engaño; es una vía de acceso a la realidad.
Sin ficción, nuestra experiencia del mundo sería más pobre.
Quizá por eso las crisis de los grandes relatos suelen convertirse también en crisis de sentido. Las narraciones no son adornos de la existencia. Son puentes que nos permiten habitarla.
La palabra ilusión resulta reveladora. Su origen etimológico remite al juego, al in ludere, entrar en el juego. La ilusión no es necesariamente falsedad. Puede ser la apertura de un espacio donde la realidad se amplía y adquiere nuevas posibilidades.
Si volvemos ahora a Gombrich, podemos comprender mejor el ejemplo del caballo de juguete. El caballo de madera no es una copia imperfecta de un caballo real. Su valor reside en otra parte: en su capacidad para ocupar provisionalmente el lugar del caballo dentro del juego.
Gracias a ese sustituto es posible crear la experiencia del caballo.
Y quizá aquí aparece una de las intuiciones más importantes de toda esta reflexión: el juego no reemplaza la realidad. La expande.
No jugamos con un caballo de madera porque no tengamos acceso a un caballo verdadero. Más bien, gracias al caballo de madera desarrollamos capacidades imaginativas, simbólicas y afectivas que más tarde nos permitirán relacionarnos con el caballo real de una manera más rica.
El juego no es un sustituto de la realidad.
Es una ampliación de la realidad que nos prepara para entrar en ella.
Pensemos en una experiencia típicamente adolescente. Lo vemos con frecuencia en las películas, pero también en la vida cotidiana: un adolescente que, antes de ir a una fiesta, ensaya un beso frente al espejo o sobre la palma de su mano; alguien que practica los pasos de baile en su habitación antes de atreverse a salir a la pista.
Esas escenas son experiencias de ficción, pero no por ello menos reales. Son formas de juego.
Lo que allí ocurre se acerca a lo que Gombrich llamó sustitución. El espejo, la mano o la habitación ocupan provisionalmente el lugar de una experiencia que todavía no ha sucedido. No reemplazan la realidad; la preparan.
Es como si la ficción permitiera ensanchar una puerta demasiado estrecha para que pudiéramos atravesarla. Gracias a ese espacio intermedio, el sujeto puede ensayar, imaginar, equivocarse y explorar posibilidades antes de encontrarse con la experiencia real.
La ficción no aparece aquí como una huida del mundo, sino como una mediación que amplía nuestras posibilidades de entrar en él. El juego crea una realidad provisional que, lejos de alejarnos de la experiencia, nos permite acceder a ella de una manera más rica y habitable.
Quizá por eso la cuestión fundamental sea esta: saber abrir la puerta para ir a jugar.
El juego comienza cuando somos capaces de introducir una pequeña fisura en la literalidad de la realidad. Una apertura ficcional. Un “hagamos de cuenta que” que no niega el mundo, sino que lo vuelve más amplio y habitable.
Tal vez por eso nos resulta tan difícil jugar en ciertos momentos de la vida.
Basta observar algunas de nuestras discusiones contemporáneas. Dos personas sostienen posiciones diferentes y la discrepancia se convierte rápidamente en una batalla donde todo parece estar en juego. Cada argumento se vive como una amenaza y cada diferencia como una incompatibilidad.
Y, sin embargo, pensar no debería ser incompatible con jugar.
Quizá una de las preguntas que deja abierta esta reflexión sea precisamente esa: ¿por qué nos cuesta tanto jugar cuando pensamos?
Vivimos en una época de grandes rigideces. Con frecuencia sentimos que todo debe resolverse inmediatamente, que toda decisión es definitiva y que cada conflicto exige una respuesta urgente. La experiencia se vuelve pesada. La cuerda permanece demasiado tensa.
Cuando alguien nos dice “afloja”, solemos interpretarlo como una invitación al desinterés. Como si aflojar significara que nada importa.
Pero no es eso.
Aflojar no es dejar de implicarse. Es recuperar cierta movilidad frente a lo que nos ocurre.
Una buena conversación posee algo de esta cualidad lúdica. También el análisis. Quienes acudimos a un analista solemos llegar con una pregunta insistente:
—¿Qué hago con esto?
Sin embargo, muchas veces la respuesta no consiste en una indicación precisa. Más bien aparece la posibilidad de ensayar otras formas de habitar aquello que nos sucede.
Ensayar.
Probar.
Transitar.
Jugar.
Lo importante no siempre es resolver inmediatamente una situación, sino descubrir qué ocurre con nosotros mientras la situación se despliega.
La experiencia lúdica amplía el campo de posibilidades. Nos permite no quedar reducidos a una única respuesta.
No achica la realidad. La ensancha.
Quizá por eso Winnicott sostenía que el valor del análisis no consiste en eliminar todos los problemas ni en alcanzar una vida libre de conflictos. Algo así sería imposible.
Lo importante es otra cosa.
Encontrar una posición desde la cual sea posible vivir lo que nos ocurre sin quedar completamente atrapados por ello.
Una posición lúdica.
Muchos podríamos pensar entonces en la palabra “soltar”. Pero soltar no significa resignarse, desinteresarse o adoptar una actitud cínica frente a la vida.
Tampoco significa que todo dé igual.
Más bien significa experimentar distintas maneras de relacionarnos con aquello que nos sucede.
Jugar una situación no implica restarle importancia.
Implica recuperar grados de libertad frente a ella.
En este punto aparece otra referencia importante: Émile Benveniste y su reflexión sobre la relación entre el juego y lo sagrado.
Benveniste sugiere que el juego mantiene una relación profunda con ciertas estructuras de la experiencia religiosa. El juego se mueve entre el rito y el mito. A veces conserva una narración pero pierde la solemnidad del rito; otras veces conserva una forma ritual pero vacía su contenido original.
Lo importante es que, en ambos casos, ocurre una transformación.
Más tarde Giorgio Agamben retomará esta intuición para desarrollar una idea particularmente sugerente: la profanación.
La palabra proviene del latín profanare. Literalmente significa sacar algo del templo, devolverlo al mundo común.
Profanar no es destruir lo sagrado.
Es devolver al uso humano aquello que había quedado separado, reservado o vuelto intocable.
Desde esta perspectiva, el juego aparece como una de las formas privilegiadas de la profanación.
Los niños son grandes profanadores.
Toman objetos diseñados para una función específica y los convierten en otra cosa. Una caja se transforma en un castillo. Una escoba se convierte en caballo. Un teléfono deja de servir para llamar y pasa a formar parte de una aventura imaginaria.
Recuerdo aquellos teléfonos de línea que había en muchas casas. Los adultos se molestaban porque los niños jugaban con ellos y luego la línea quedaba ocupada o descompuesta. Pero precisamente ahí estaba ocurriendo algo
interesante: el objeto había sido sustraído momentáneamente de su función original para ingresar al espacio del juego.
Lo mismo sucede cuando los niños se prueban la ropa de los adultos, juegan con maquillaje, carteras o sombreros. No están utilizando esos objetos para lo que fueron creados. Los están incorporando a una realidad distinta.
El juego crea un espacio donde las cosas dejan de estar completamente sometidas a su función habitual.
Y quizá esa sea una de sus mayores potencias. No destruye el mundo.
Lo vuelve disponible.
Permite tocar aquello que parecía demasiado serio, demasiado rígido o demasiado solemne.
La profanación no degrada. Humaniza.
Quizá por eso existe una relación tan profunda entre la experiencia lúdica y la experiencia erótica. Ambas suspenden momentáneamente los usos ordinarios de las cosas y permiten que aparezcan nuevas formas de relación.
El origen de muchas experiencias humanas intensas parece estar menos cerca de la obediencia que del juego.
Y tal vez por eso resulte preocupante observar cuántas infancias parecen atravesadas hoy por la ansiedad, la hiperexigencia o la imposibilidad de jugar libremente.
Cuando desaparece el juego, desaparece también una de nuestras formas más antiguas de recuperar el mundo para nosotros.
Agamben desarrolla esta reflexión en un texto breve y hermoso titulado El país de los juguetes, incluido en Infancia e historia.
Allí propone una idea fascinante: cualquier objeto puede convertirse en juguete.
Lo que ya no circula, lo que ha perdido su función original o aquello que ha quedado fuera de uso suele encontrar una segunda vida dentro del juego. Monedas antiguas, objetos viejos, miniaturas, colecciones. Algo ocurre cuando las cosas dejan de estar completamente sometidas a su utilidad.
Por eso muchos juguetes comparten una característica singular: la miniaturización.
No se trata simplemente de hacer pequeño algo grande. La miniatura crea una escala distinta desde la cual podemos relacionarnos con el mundo. Permite una experiencia que no se reduce al uso práctico del objeto.
En cierto sentido, el juguete nace cuando una cosa pierde parcialmente su función para ganar posibilidades.
Un marcador puede ser un avión.
Una cuchara puede convertirse en micrófono. Una caja puede transformarse en barco.
Y cuando el juego termina, los objetos pueden volver a ser lo que eran. Pero durante un momento participaron de otra realidad.
Agamben también observa algo interesante en los cuentos de hadas. Muchos comienzan con una fórmula conocida:
Había una vez…
Ese comienzo resulta extraño porque no señala una fecha ni un lugar precisos. No dice cuándo ocurrió ni dónde ocurrió.
Había una vez en un reino lejano. Había una vez hace mucho tiempo.
La experiencia humana entra así en una temporalidad distinta. No es el tiempo del reloj.
No es el tiempo del calendario. Es un tiempo suspendido.
Todos conocemos esa experiencia.
Ocurre cuando estamos inmersos en una conversación, en una lectura, en una fiesta o en una actividad que nos absorbe por completo. Miramos el reloj y descubrimos que han pasado horas.
O sucede lo contrario: unos pocos minutos parecen contener una experiencia larguísima.
El tiempo deja de medirse únicamente por su duración cronológica y comienza a medirse por la intensidad de lo vivido.
Quizá por eso el juego guarda una relación tan profunda con el sueño. Y también con el análisis.
Muchas personas describen la sesión analítica como una experiencia que ocurre en una especie de tiempo aparte. Un tiempo que no coincide exactamente con el tiempo ordinario de la vida cotidiana.
No porque se abandone la realidad. Sino porque se habita de otra manera.
El juego modifica nuestra relación con el tiempo para modificar nuestra relación con la experiencia.
Y tal vez ahí resida una parte de su valor.
Nos permite vivir más de una vida dentro de una misma vida. Hay otro aspecto del juego que quizá convenga destacar.
La posibilidad de reírnos de nosotros mismos.
De tomar cierta distancia respecto de nuestro propio yo.
Las explicaciones cognitivas son importantes. Explican, ordenan, ofrecen información. Pero no necesariamente transforman una experiencia.
Podemos comprender perfectamente algo y, sin embargo, seguir atrapados en ello.
Por eso el juego ocupa un lugar tan importante. No basta con entender una situación.
A veces también necesitamos jugarla.
Quizá por eso toda práctica terapéutica que aspire a producir una transformación profunda necesita conservar alguna dimensión lúdica. No alcanza con recibir información acerca de uno mismo. Hace falta experimentar nuevas maneras de habitar lo que nos sucede.
Pienso en algo que me ocurre a mí misma. Con mi analista, muchas veces me río.
Y esa risa no aparece porque las cosas sean superficiales o porque los problemas desaparezcan. Aparece porque, por un instante, algo se afloja. Algo deja de estar completamente fijado.
Recuerdo una historia contada por un analista.
Hablaba de un hombre que había atravesado una ruptura amorosa dolorosa. Con el paso del tiempo conoció a otras mujeres, pero ninguna relación parecía
entusiasmarlo demasiado. Había afinidades, intereses compartidos, pero nada que despertara una verdadera alegría.
Hasta que un día llegó al consultorio y dijo:
—Conocí a alguien.
Comenzó a contar que estaba por mudarse de casa. Cuando le comentó a esta mujer cuál sería su nueva dirección, ella comenzó a reírse.
Resultó que había vivido allí años atrás.
Más tarde él fue a visitarla. Abrieron el refrigerador y descubrieron que compraban exactamente el mismo queso crema.
Y volvieron a reír.
El analista también se rió.
No porque supiera que aquella mujer sería el amor de su vida. Nadie puede saber algo así.
Pero sí porque había aparecido otra cosa. Había aparecido el juego.
La risa había vuelto a circular allí donde antes todo parecía detenido. Y la risa suele ser una buena señal.
Porque donde aparece la posibilidad de jugar, algo vuelve a moverse. Tal vez eso sea, después de todo, lo contrario del estancamiento.
No la ausencia de problemas. No la certeza.
No el control.
Sino la posibilidad de entrar nuevamente en el juego. Quizá crecer no consista en dejar de jugar.
Quizá consista en encontrar formas más complejas de continuar el juego.
¡A jugar!


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