(Aunque en realidad tomaba café.)
En la mañana desperté con este sentir-pensar que yo llamo “dejar fluir lo que siento y ver qué pensamiento sale“.
Escuchaba una “rola” que me gusta mucho.
En pijama, olorosa del sudor nocturno, caminé hasta mi estudio. Un pequeño espacio que se ha convertido en mío, aunque no lo puedo declarar del todo mío, pues tengo el mío, mío. Mi estudio, que no uso.
Prendí la computadora y pude poner en palabras, después de muchos días de sentirlo, vivirlo, experimentar días de soledad y pensar.
Salió lo siguiente:
No es que no quiera a I., pero quizá ahora necesito estar sola. ¿Eso es egoísmo? Necesito mi espacio de calma. Escribir, pensar, escuchar música. ¿Eso es sanar? ¿Se puede sanar con él? Mis hijas están en la escuela y yo, en el estudio de la casa, puedo por fin escucharme un poco. Escribir. Pensar. Dejar que el silencio exista sin tener que llenarlo. A veces me pregunto si lo que tengo que aprender es a ser yo sin verme tan afectada por otro. O si él me demanda algo que simplemente ya no puedo darle. Lo que he aprendido estas semanas sola es que, por primera vez en muchos años, disfruto mi propia compañía. Y también sé que se están abriendo nuevas perspectivas. No puedo con todo. Apenas estoy aprendiendo a poder conmigo.
Copié ese mismo texto, abrí la ventana de mi computadora donde tengo WhatsApp. Botón verde, busqué entre mis contactos a Mónica, mi analista. Pegué ahí esas preguntas que yo me hacía. Para que me acompañara a pensar, no para que me diera una respuesta —porque no me la daría—, pero sí compañía para seguir pensándome.
Mi corazoncito se emocionó cuando llegó el primer audio de regreso. Y ella, siempre con historias y vivencias propias, me acompaña en mi pensamiento. Me contó con la calma que la distingue, mientras intentaba aliviar con un jjmm una carraspera que sentía en la garganta, por el ventilador, dijo ella. Pinche calor, pensé yo.
Y para acompañarme, me contó esto:
“Cuando yo era muy jovencita, tendría unos 18 o 19 años y recién entraba a la carrera, tuve mi primer trabajo en el hospital donde varios años después también trabajé. La persona de recursos humanos que me recibió y guio en mis primeros días fue muy cortés al decirme que si había algo en lo que ella pudiera ayudar, no dudara en preguntar. ¡Moni dijo: ah, es que no sé taquigrafía ni mecanografía!, recibiendo como respuesta: ay, no, en eso no puedo ayudarte. Ella en ese momento sintió mucha angustia, muy ansiosa, enfrentándose a un gran reto, como recién niña hecha adulta (estas últimas son mis palabras). Pero al final lo logró, descubrió otras muchas herramientas que le ayudaron a quedarse ahí y cumplir su contrato, volando hacia nuevos horizontes más tarde.”
“Así, tú, Nancy, vas a ir descubriendo —y has ido encontrando— que cosas que al inicio te angustiaban mucho y no sabías, las ibas deduciendo en el camino, como encontrar nuevas vías para llegar.“
La persona de recursos humanos, obvio, no era psicoanalista. Probablemente una respuesta menos angustiante para mí hubiera sido: ah, mira, no sabes taquigrafía, no te angusties, vamos a irlo resolviendo en el camino, yo te acompaño. Así, yo te digo lo mismo, Nancy: yo te acompaño a que vayas descubriendo, a que tú le encuentres la forma, mientras estás acompañada.
Y eso se sintió en mi corazón como una taza de chocolate caliente, dulce y cálido, calientito y amoroso.
Pero yo, aún con mi angustia, le pregunté, regresando un mensaje escrito:
– ¿Voy por buen camino? —envié, pum.
– Acomodando tu deseo, en proceso de articular lo que quieres y cómo lo quieres. Descifrando tu propio enigma.Declarándote la paz con tu anhelo…
– ¿Y mientras encuentro las respuestas, cómo transito todo esto?
– Ya sabes dónde están tus lugares de pensar, ve a ellos cada que los necesites.
Y mientras lo leía, fui reconociendo cuáles son los míos: la escritura, la música, los caminos en el coche, el tiempo en la regadera, las idas al cine, una copa de vino tinto.
Gracias por la compañía en los momentos más angustiantes.


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